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Que tan grande es una madre
que hasta Dios quiso tener una.
Madre, eres una bendición del Cielo
Benditas sean las madres,
porque ellas reinan en el mundo de los hijos.
Benditas sean aquéllas
que dicen “creo en ti”,
porque verán los sueños de sus hijos
hechos realidad.
Benditas sean aquéllas
a quienes llamamos “madre”,
porque sus manos guían
el futuro del mundo.
Pensando en todas las cosas
que te hacen una madre tan amorosa,
doy gracias a Dios
por cada una de ellas.
¡¡Feliz día de las madres!!
Ruega por nosotros Santa Madre de Dios y madre nuestra para que seamos dignos de alcanzar las promesas de nuestro Señor amado Jesucristo.
Nunca volveré a ver mis manos de la misma manera!
El abuelo, con noventa y tantos años, sentado débilmente en la banca del patio. No se movía, solo estaba sentado cabizbajo mirando sus manos. Cuando me senté a su lado no se dio por enterado y entre más tiempo pasaba, me pregunté si estaba bien. Finalmente, no queriendo realmente estorbarle sino verificar que estuviese bien, le pregunté cómo se sentía.
Levantó su cabeza, me miró y sonrió. “Sí, estoy bien, gracias por preguntar”, dijo en una fuerte y clara voz.
“No quise molestarte, abuelo, pero estabas sentado aquí simplemente mirando tus manos y quise estar seguro de que estuvieses bien”, le expliqué.
“¿Te has mirado jamás tus manos?” preguntó. “Quiero decir, ¿realmente mirarte las manos?”
Lentamente abrí mis manos y me quedé contemplándolas. Las volteé, palmas hacia arriba y luego hacia abajo. No, creo que realmente nunca las había observado mientras intentaba averiguar qué quería decirme. El abuelo sonrió y me contó esta historia:
“Detente y piensa por un momento acerca de tus manos, cómo te han servido bien a través de los años. Estas manos, aunque arrugadas, secas y débiles han sido las herramientas que he usado toda mi vida para alcanzar, agarrar y abrazar la vida.
Ellas pusieron comida en mi boca y ropa en mi cuerpo. Cuando niño, mi madre me enseñó a plegarlas en oración. Ellas ataron los cordones de mis zapatos y me ayudaron a ponerme mis botas. Han estado sucias, raspadas y ásperas, hinchadas y dobladas. Se mostraron torpes cuando intenté de sostener a mi recién nacido hijo. Decoradas con mi anillo de bodas, le mostraron al mundo que estaba casado y que amaba a alguien especial.
Ellas temblaron cuando enterré a mis padres y esposa y cuando caminé por el pasillo con mi hija en su boda. Han cubierto mi rostro, peinado mi cabello y lavado y limpiado el resto de mi cuerpo. Han estado pegajosas y húmedas, dobladas y quebradas, secas y cortadas. Y hasta el día de hoy, cuando casi nada más en mí sigue trabajando bien, estas manos me ayudan a levantarme y a sentarme, y se siguen plegando para orar.
Estas manos son la marca de dónde he estado y la rudeza de mi vida. Pero más importante aún, es que son ellas las que Dios tomará en las Suyas cuando me lleve a casa. Y con mis manos, Él me levantará para estar a Su lado y allí utilizaré estas manos para tocar el rostro de Cristo”.
Nunca volveré a mirar mis manos de la misma manera. Pero recuerdo que Dios estiró las Suyas y tomó las de mi abuelo y se lo llevó a casa.
Cuando mis manos están heridas o dolidas, pienso en el abuelo. Sé que él ha recibido palmaditas y abrazos de las manos de Dios. Yo también quiero tocar el rostro de Dios y sentir Sus manos en el mío.
El amor es paciente,
es bondadoso.
El amor no es envidioso
ni jactancioso ni orgulloso.
No se comporta con rudeza,
no es egoísta,
no se enoja fácilmente,
no guarda rencor.
El amor no se alegra de lo injusto
sino que se regocija con la verdad.
Perdura a pesar de todo,
lo cree todo,
lo espera todo,
y lo soporta todo.
1 Corintios 13:4-7
Si Dios tuviera un refrigerador, tu fotografía estaría pegada a su puerta.
Si El tuviera una billetera,
llevaría en ella tu foto.
El te envía flores cada primavera. El te regala un amanecer
soleado cada mañana.
Las veces que deseas hablar,
El te escucha.
El puede vivir en cualquier parte del universo, pero eligió...
tu corazón.
Reconócelo
¡El te ama!
Dios no prometió días sin dolor, risas sin penas,
sol sin lluvias, prometió fortaleza para el día, consuelo para las lágrimas,
y luz para el camino.
Tanto te ama que murió por ti
Ahora mismo,
abre tu corazón
y déjate amar por Dios.
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