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Los 10 Mandamientos y el pecado

La Vida del Cristiano (Parte 2/4)

http://rosario.org.mx/doctrina/10man_2.htm

 

La Ley ó Los diez Mandamientos

El hombre, llamado a la felicidad, pero herido por el pecado, necesita la salvación de Dios. Esta salvación el hombre la recibe por medio de Cristo, sin embargo tiene que esforzarse por merecerla, para eso, cuenta con la ayuda de la ley que lo dirige y de la Gracia de Dios que lo sostiene.

 

Ley Natural
La ley natural está gravada en el corazón del hombre, le permite reconocer mediante la razón lo que son el bien y el mal, la verdad y la mentira. No es otra cosa que la luz de la inteligencia puesta en el hombre por Dios, para conocer lo que es preciso hacer y lo que es preciso evitar.

 

Esta ley es Universal en sus preceptos, expresa la dignidad de la persona y determina la base de sus derechos y sus deberes fundamentales.

 

Inmutable, permanece a través de las variaciones de la historia y subsiste aun con las diferencias de los pueblos y las culturas.

 

Indispensable para la edificación de la comunidad de los hombres y proporciona la base necesaria a la ley civil que se adhiere a ella.


Los preceptos de la ley natural no son percibidos por todos de manera clara e inmediata, por eso el hombre necesita de la Gracia de Dios y de la Revelación para conocer claramente las verdades religiosas y morales.

 

Ley Moral  
La Ley Moral es la ley revelada por Dios en las Escrituras: son los Mandamientos de la Ley de Dios. Es lo que debe regir el comportamiento de todo hombre creyente. Se encuentran en el Antiguo Testamento y se comprende mejor en el Nuevo Testamento. La Ley del Evangelio, "da cumplimento", purifica, supera y lleva a la perfección la Ley antigua (Cf. Mt 5, 17-19).


Los Diez Mandamientos, lejos de ser una lista de prohibiciones que nos incomoden, son un verdadero regalo de Dios. Pongamos un simple ejemplo: el fabricante de un aparato debe incluir un instructivo de uso a quien lo adquiere, de lo contrario el consumidor no sabrá como hacerlo funcionar, por más maravilloso que el aparato sea.


Bueno, aunque sea muy burda la comparación, Dios es nuestro "fabricante", es decir nuestro Creador, por tanto, sólo Él sabe como podemos "funcionar" realmente, como podemos ser felices y conseguir nuestra realización plena. Por eso, nos reveló su Ley, el "instructivo" con las disposiciones claras de cómo debe ser nuestro comportamiento, si seguimos esa Ley, estamos seguros de que vivimos como lo que somos: Hombres y Mujeres, -con mayúscula- hechos a imagen y semejanza de Dios. Así es que veamos en los Diez Mandamientos el inmenso Amor de Dios que nos quiere ver felices caminando en esta vida por el sendero seguro que nos lleve hacia Él.

Jesús en el Evangelio, se refiere de una forma muy clara a los Diez Mandamientos:
"Se le acercó un joven y le dijo: Maestro, ¿qué obras buenas debo hacer para conseguir la vida eterna? Jesús contestó: ¿Por qué me preguntas sobre lo que es bueno? Uno solo es el Bueno. Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos…… Amar al prójimo como a sí mismo".
(Mt. 19-16-21).

 

Ante la pregunta del joven a Jesús, Él le responde primero invocando la necesidad de reconocer a Dios como "el único Bueno", como el Bien por excelencia y como la fuente de todo bien. Luego Jesús le declara la necesidad de guardar los mandamientos. Ser Cristiano -seguir a Jesús- implica cumplir los mandamientos, a los que Él da la plenitud perfecta. El Decálogo debe ser interpretado a la luz del doble y único mandamiento del amor, plenitud de la Ley. (Cf Jn 13,34; 15,21)

 

Los diez mandamientos
La palabra Decálogo significa literalmente "diez palabras", que Dios reveló a su pueblo en la montaña santa. Se refiere a "Los Diez Mandamientos de la Ley de Dios".


El Decálogo se comprende ante todo cuando se lee en el contexto del Éxodo, que es el gran acontecimiento liberador de Dios en el centro de la Antigua Alianza; indica las condiciones de una vida liberada de la esclavitud del pecado. El Decálogo es un camino de vida. Pertenece a la revelación que Dios hace de sí mismo y de su gloria. El don de los mandamientos es regalo de Dios y de su santa voluntad. Dando a conocer su voluntad, Dios se revela a su pueblo.


Los Diez Mandamientos enuncian las exigencias del amor de Dios y del prójimo. Los tres primeros se refieren más al amor de Dios y los otros siete, al amor al prójimo. Sin embargo, el Decálogo forma un todo indisociable. Transgredir un mandamiento es quebrantar todos los otros. No se puede honrar a otro sin bendecir a Dios su Creador. No se podría adorar a Dios sin amar a todos los hombres, que son sus criaturas. El Decálogo unifica la vida teologal y la vida social del hombre.


Los Diez Mandamientos, por expresar los deberes fundamentales del hombre hacia Dios y hacia su prójimo, revelan en su contenido primordial obligaciones graves. Son básicamente inmutables y su obligación vale siempre y en todas partes.


La Iglesia reconoce en el Decálogo una importancia y una significación primordiales. En el siglo XV se tomó la costumbre de expresar los preceptos del Decálogo en fórmulas rimadas y fáciles de memorizar. Los Diez Mandamientos, como la Iglesia los enseña, son:

 

1. Amarás a Dios sobre todas las cosas

2. No Tomarás el nombre de Dios en vano

3. Santificarás las fiestas

4. Honrarás a tu padre y a tu madre

5. No matarás

6. No cometerás actos impuros

7. No robarás

8. No dirás falso testimonio ni mentirás.

9. No consentirás pensamientos ni deseos impuros

10. No codiciarás los bienes ajenos

 

Aunque la mayoría de las fórmulas empleadas en la lista de los Diez Mandamientos, están redactadas en forma de prohibiciones, aquí las traduciremos a invitaciones positivas para actuar como Jesús quiere que actuemos, sin dejar de mencionar la manera original para enumerar cada uno de los Mandamientos.

 

1er MANDAMIENTO: "AMARÁS A DIOS SOBRE TODAS LAS COSAS"
"Escucha, Israel: el Señor nuestro Dios es el único Señor y tú amarás a Yahvé tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas" (Dt 6,4-5) "Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente" (Mt 22,37).

 

En el Evangelio de San Mateo, Jesús resumió los deberes del hombre para con Dios de manera muy clara, afirmando el primer mandato del Decálogo.


Dios se da a conocer recordando su acción todopoderosa, bondadosa y liberadora en la historia de aquel a quien se dirige: "Yo te saqué del país de Egipto, de la casa de la servidumbre" (Ex 20,2) La primera palabra contiene el primer mandamiento de la ley. La primera llamada y la justa exigencia de Dios consisten en que el hombre lo acoja y lo adore.


El primero de los preceptos abarca la Fe, la Esperanza y la Caridad. Porque Dios es constante, inmutable, siempre el mismo, fiel, perfectamente justo, el hombre debe necesariamente aceptar sus palabras y tener en Él una fe y una confianza completas. Él es todopoderoso, clemente, infinitamente inclinado a hacer el bien. ¿Quién podría no poner en Él todas sus esperanzas? Y quién podrá no amarlo contemplando todos los tesoros de bondad y de ternura que ha derramado en nosotros? De ahí esa fórmula que Dios emplea en la Sagrada Escritura tanto al comienzo como al final de sus preceptos: "Yo soy el Señor"

 

La Fe  
La Fe es una virtud teologal, el cristiano la recibe en el Bautismo. Consiste en Creer en Dios, en lo que Él es: Amor infinito. En creerle a Dios; a su Revelación; en abandonarse a sus proyectos y a su voluntad.


La vida moral tiene su fuente en la fe en Dios que nos revela su amor. S. Pablo habla de la "obediencia de la fe" como de la primera obligación. Hace ver en el "desconocimiento de Dios" el principio de la explicación de todas las desviaciones morales (cf. Rm 1, 5ss). Nuestro deber para con Dios es creer en Él y dar testimonio de Él.


El primer mandamiento nos pide que alimentemos y guardemos con prudencia y vigilancia nuestra fe y que rechacemos todo lo que se opone a ella. Hay diversas maneras de pecar contra la fe:

 

La duda voluntaria respecto a la fe descuida o rechaza tener por verdadero lo que Dios ha revelado y la Iglesia propone creer.

 

La duda involuntaria es la vacilación en creer, la dificultad de superar las objeciones con respecto a la fe o la ansiedad suscitada por la oscuridad de ésta. Si la duda se fomenta deliberadamente, puede conducir a la ceguera del espíritu.

 

La incredulidad es el menosprecio de la verdad revelada o el rechazo voluntario a las verdades de fe. Se llama herejía la negación de un dogma (verdad que ha de creerse); se llama apostasía al rechazo total de la fe cristiana; cisma es el rechazo de la sujeción al Sumo Pontífice o de la comunión de los miembros de la Iglesia.

 

La Esperanza
La
Esperanza es una virtud teologal que el cristiano recibe en el Bautismo. Consiste en confiar en la bondad y providencia de Dios, esperando recibir de Él lo necesario para nuestro bien y salvación.


Cuando Dios se revela y llama al hombre, éste no puede responder plenamente al amor divino por sus propias fuerzas. Debe esperar que Dios le dé capacidad de devolverle el amor y de obrar conforme a los mandamientos de la caridad. La esperanza es aguardar confiadamente la bendición divina y la bienaventurada visión de Dios; es también el temor de ofender el amor de Dios.


El primer mandamiento se refiere también a los pecados contra la esperanza, que son:

La desesperación, cuando el hombre deja de esperar de Dios su salvación personal, el auxilio para llegar a ella o el perdón de sus pecados. Se opone a la bondad de Dios, a su Justicia.

 

La presunción, es cuando el hombre presume de sus capacidades (esperando salvarse sin la ayuda de lo alto), o cuando el hombre presume de la omnipotencia o la misericordia divinas (esperando obtener su perdón sin conversión y la gloria sin mérito.

 

La Caridad
La
caridad es la mayor de las tres virtudes teologales (Cf. 1Cor 13); el cristiano la recibe en el Bautismo. Es el Amor, a Dios y al prójimo.


La fe en el amor de Dios encierra la llamada y la obligación de responder a la caridad divina mediante un amor sincero. El primer mandamiento nos ordena amar a Dios sobre todas las cosas y a las criaturas por Él y a causa de Él.


Se puede pecar de diversas maneras contra el amor de Dios:

La indiferencia descuida o rechaza la consideración del amor divino; desprecia su acción y niega su fuerza.

 

La ingratitud omite o se niega a reconocer el amor divino y devolverle amor por amor.

La tibieza es una vacilación o negligencia en responder al amor divino.

La acedía o pereza espiritual llega a rechazar el gozo que viene de Dios y a sentir apatía por el bien divino.

 

El odio a Dios tiene su origen en el orgullo, se opone al amor de Dios, cuya bondad niega y lo maldice, porque condena el pecado e inflige penas.

 

Religión y devoción
La adoración es el primer acto de la virtud de la religión. Adorar a Dios es reconocerle como Dios, como Creador y Salvador, Señor y Dueño de todo lo que existe, como Amor infinito y misericordioso. La adoración del Dios único libera al hombre del repliegue sobre sí mismo, de la esclavitud del pecado y de la idolatría del mundo.


Los actos de fe, esperanza y caridad que ordena el primer mandamiento se realizan en la oración. La elevación del espíritu hacia Dios es una expresión de nuestra adoración a Dios.


Es justo ofrecer a Dios sacrificios en señal de adoración y de gratitud, de súplica y de comunión. El sacrificio exterior, para ser auténtico, debe ser expresión del sacrificio espiritual.


El voto es una promesa deliberada y libre hecha a Dios acerca de un bien posible y mejor, es un acto de devoción en el que el cristiano se consagra a Dios o le promete una obra buena. La fidelidad a las promesas hechas a Dios es una manifestación de respeto a la Majestad divina y de amor hacia el Dios fiel.

 

Pecados contra el primer mandamiento
El primer mandamiento prohibe honrar a dioses distintos del Único Señor que se ha revelado a su pueblo. Son pecados contra este mandamiento:

 

La superstición que es la desviación del sentimiento religioso y de las prácticas que impone. Hay superstición cuando se pretende utilizar y poner de parte de uno los poderes divinos.

 

Ejemplo de una práctica de superstición: creer en la "buena o mala suerte" y buscar controlarla con objetos, piedras, imágenes, hierbas, perfumes, etc.

 

La idolatría, es una tentación constante de la fe. Consiste en divinizar lo que no es Dios. Hay idolatría desde el momento en que el hombre honra y reverencia a una criatura, a una situación, o a una materia en lugar de Dios.

 

Magia o hechicería, es una perversión de la religión, al tratar de hacer reaccionar las fuerzas divinas por medio de determinados actos. También la llamada "magia blanca", es un pecado contra el primer mandamiento.

 

La adivinación es una práctica radicalmente contraria a la actitud de confianza que debe distinguir a un cristiano, buscando conocer y manipular el futuro. Todas las formas de adivinación deben rechazarse: el espiritismo, la consulta a horóscopos, cartas, médium, etc.

 

La irreligión, cuyos principales pecados son: tentar a Dios, poniendo a prueba de palabra o de obra, su bondad y omnipotencia; el sacrilegio, profanar o tratar indignamente los sacramentos y acciones litúrgicas, las personas, cosas y lugares consagrados a Dios; la simonía, es la compra o venta de cosas espirituales.

 

El ateísmo, es rechazar o negar la existencia de Dios.

 

2° MANDAMIENTO: "TRATA CON TODO RESPETO EL NOMBRE DE DIOS" (No Tomarás el Nombre de Dios en Vano)
El segundo mandamiento prescribe respetar el nombre del Señor. Pertenece, como el primero, a la virtud de la religión. Regula particularmente el uso de nuestra palabra en las cosas santas.

 

El nombre de Dios es santo, por eso el hombre no puede hacer mal uso de él; ha de emplearlo para bendecirlo, alabarlo y glorificarlo. Este Mandamiento se refiere a tener sentido de lo sagrado.

 

Pecados contra el segundo mandamiento
El Segundo Mandamiento habla del respeto hacia el Nombre de Dios y hacia todo lo sagrado, por lo que prohibe:

 

Abusar del nombre de Dios, es decir, dar uso inconveniente a su nombre (de las Tres Personas Divinas), al de la Virgen María y de todos los santos.

 

Las promesas hechas a otro en nombre de Dios comprometen el honor, la fidelidad, la veracidad y la autoridad divinas.

 

La blasfemia, consiste en proferir contra Dios -interior o exteriormente- palabras de odio, de reproche, de desafío; en injuriar a Dios, faltarle a respeto en las expresiones. Esa prohibición se extiende a las palabras contra la Iglesia de Cristo, los santos y las cosas sagradas. Es también blasfemo usar el nombre de Dios para justificar prácticas criminales, reducir pueblos a servidumbre, torturar o dar muerte.

 

Jurar en falso y perjuro, es invocar a Dios como testigo de una mentira o de una promesa que no se tiene intención de cumplir.

 

3er MANDAMIENTO: "SANTIFICARÁS LAS FIESTAS"
En el Antiguo Testamento, el tercer mandamiento proclama la santidad del sábado: "el día séptimo será día de descanso completo, consagrado al Señor" (Ex 31,15). La escritura hace a este propósito memoria de la creación; ve también en el día del Señor un memorial de la liberación de Israel de la esclavitud de Egipto. Dios confió a Israel el sábado para que lo guardara como signo de la alianza inquebrantable. El sábado interrumpe los trabajos cotidianos y concede un respiro. Es un día de protesta contra las servidumbres del trabajo y el culto al dinero.


Jesús nunca falta a la santidad de este día, (cf. Mc.1,21; Jn 9,16), sino que con autoridad da la interpretación auténtica de esta ley: "El sábado ha sido instituido para el hombre y no el hombre para el sábado" (Mc 2,27).


Jesús resucitó de entre los muertos "el primer día de la semana". En cuanto es el "octavo día", que sigue al sábado, significa la nueva creación inaugurada con la resurrección de Cristo.

 

Para los cristianos vino a ser el primero de todos los días, la primera de todas las fiestas, el día del Señor. El sábado que representa la coronación de la primera creación es sustituido por el domingo que recuerda la nueva creación. (Ver: Año Litúrgico - Domingo, Día del Señor)
El culto de la ley preparaba el misterio de Cristo, y lo que se practicaba en ella prefiguraba algún rasgo relativo a Cristo. La celebración del domingo cumple la prescripción moral, celebrando cada semana al Creador y Redentor.


La celebración dominical tiene un papel principalísimo en la vida de la Iglesia, esta práctica se remonta a sus primeros años (cf. Hch 2,42-46; 1 Col 11,17)


La Eucaristía (Misa) del domingo fundamenta y confirma toda la práctica cristiana. Por eso los fieles están obligados a participar de la Misa todos los domingos y días de precepto, a no ser que tengan una razón seria (enfermedad, cuidado de niños pequeños, etc) o que estén dispensados por su propio pastor.

 

* Los que deliberadamente faltan a esta obligación cometen un pecado grave *

Los cristianos deben santificar también el domingo dedicando a su familia el tiempo y las atenciones que no se les pueden dar los otros días de la semana. El domingo y las demás fiestas de precepto los fieles deben abstenerse de aquellos trabajos que impidan dar culto a Dios, gozar de la alegría propia del día del Señor o disfrutar del debido descanso de la mente y del cuerpo. Todo cristiano debe evitar imponer a otro, sin necesidad, impedimento para guardar el día del Señor.

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